Jonathan D'Oleo Nuestra forma de actuar está condicionada por nuestros modos y maneras de pensar en el marco de tal o cual realidad circunstancial. El mundo actual nos ofrece infraestructuras de datos procesables y cristalizables a la luz de necesidades latentes y manifiestas en los mercados locales e internacionales. Esto quiere decir que los datos que tenemos en nuestro haber pueden ser transformados en información relevante para la toma de decisiones. Pero ¿cómo podemos poner de relieve lo relevante e interesante en un mar de datos crudos, disfrazados y desnudos? Entendemos que dicha habilidad pende de la capacidad del ser humano de conocer lo que desconoce así como de su diligencia en identificar con el mayor grado de especificidad posible lo que le adjudica valor y propósito a la vida.

Para lograr esto es preciso compaginemos lo técnico con el aspecto motivacional, moral y espiritual de la experiencia humana con el fin de elevar el ejercicio profesional de la presente y subsiguiente generación a una dimensión de trascendencia y perennidad; dimensión que nos permitiría como colectividad causar un mayor y mejor impacto en la sociedad. Por lo tanto el desarrollo de nuestros pueblos se debe caracterizar no solo por el aumento en la productividad de la economía, sino más bien por un espíritu de vocación, responsabilidad, ética y moralidad; espíritu capaz de inyectar perspectiva y ecuanimidad a nuestra naturaleza instintiva de poder, placer y dinero. Tal caracterización del desarrollo económico va en contra del patrón de nuestros tiempos pues en nuestro afán de lucro solemos desestimar la realidad del sepulcro; destino de todos desde el más pulcro hasta el menos culto. Y es que nuestra naturaleza humana en la dinámica cotidiana tiende a enfocarse en el producto, los insumos, el consumo y no consideramos que un día seremos el difunto sin importar nuestro rango militar, político o social. Atendemos tanto lo temporal, que comprometemos lo eterno y lo espiritual por una relativamente efímera gloria terrenal.  

El socialismo soviético del siglo XX renegó la vida más allá de la muerte y sobre esa cosmovisión dio muerte a decenas de millones de su propia gente. Hoy el secularismo occidental del siglo XXI está haciendo lo propio causando gran oprobio a la dignidad humana y erosionando significativamente el aparato productivo de sus economías. Al igual que el socialismo soviético, el secularismo europeo y estadounidense ha dado muerte a decenas de millones de su propia gente a través del aborto. Como si eso fuera poco, concomitantemente el secularismo ha fomentado una cultura de pensamiento que ha desbarajustado la estructura etaria gracias a una decreciente tasa de fertilidad que amenaza con comprometer la competitividad y sostenibilidad económica de países que antes eran considerados invencibles en términos geopolíticos.  

Aludo a la predicha realidad de nuestra historia como modo de ilustrar la importancia que tiene nuestro modo de pensar a la hora de emprender la vida que empieza y se termina. Innegablemente hemos avanzado extraordinariamente a nivel técnico. Mas, lamentablemente, no podemos decir lo mismo en cuanto a lo ético. Le toca a esta generación transformar la abundancia de datos que tenemos en nuestro haber en información relevante para la redención de nuestro ser . . . más allá del hacer y del tener.