La Biblia

La Iglesia llama al cristiano a aceptar la Biblia como la palabra de Dios en base a la fe. Sin embargo, existen otros criterios a partir de los cuales podemos apreciar la confiabilidad de las Santas Escrituras. ¿Cuáles son esos criterios? Prácticamente los mismos que se utilizan a la hora de evaluar el rigor de un trabajo académico o la veracidad del testimonio de un testigo. Entre ellos están la calidad y diversidad de las fuentes, la concurrencia de los distintos testimonios, el tiempo transcurrido entre el hecho y su documentación, y el cumplimiento de un vaticinio de acuerdo a lo que, en efecto, se vaticinó.

Esos criterios son extraordinariamente satisfechos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento en tal grado que varios volúmenes podrían y, de hecho, han sido escritos puntualizando y explicando cómo la Biblia satisface todos y cada uno de los mencionados rigores. En estas líneas me limitaré a puntualizar que, en otras cosas, la Biblia es una fuente confiable de verdad por la consistencia, congruencia y coherencia de lo que dice en sus sesenta y seis libros. Sesenta y seis libros que, a su vez, fueron escritos por cuarenta autores a través de un periodo de aproximadamente mil quinientos años. No solo eso, como si fuera poco, esos libros fueron escritos en tres lenguajes (hebreo, griego y arameo) y en tres continentes diferentes (África, Asia y Europa).

¿Qué de extraordinario tienen estos datos? Nada más y nada menos que no obstante su gran diversidad idiomática, geográfica y autográfica, la Biblia puede ser leída cual si fuese un solo libro con una historia que se desarrolla a través de un singular hilo conductor desde su introducción hasta su conclusión. Dicho hilo conductor puede ser resumido en cuatro fases - creación, caída, redención y glorificación – todas y cada una de las cuales están perfectamente integradas y se pueden verificar exógenamente no solo a través de la revelación general de la creación, sino también por medio del récord histórico secular.

Sobra decir que dicho récord corrobora la Biblia de manera parcial, no total; de manera imperfecta, no perfecta. Esto por dos razones fundamentales. Primero, los vaticinios documentados en la Biblia, como el rapto y la segunda venida de Cristo, todavía no han sucedido. Por tanto, la historia no los puede validar pues la misma se limita a la documentación y al análisis del pasado al tiempo que la Biblia abarca la eternidad. En segundo orden, la documentación de la historia es susceptible al error humano mientras que la Biblia es inerrante, pues fue inspirada por Dios mismo con el Espíritu Santo como superintendente de todo lo que en ella fue escrito.

Cuestionado por un estudiante sobre la confiabilidad de estos argumentos y sobre la autoridad divina de los textos que comprenden la Biblia, el extinto apologista y catedrático cristiano Ron Carlson contestó a la interrogante con un reto muy interesante. Carlson le dijo al estudiante “Vete a la biblioteca y selecciona sesenta y seis libros escritos por cuarenta autores, en tres lenguajes diferentes y en tres continentes distintos. Seleccionados los libros, entreteje con su contenido una historia coherente, consistente, congruente y libre de el más mínimo error o contradicción”. “¡Pero eso es imposible!”, exclamó el estudiante.  “Precisamente”, replicó Carlson.

La Biblia es un texto humanamente imposible de componer. El hecho de que existe es evidencia de que fue el Ser omnipresente, omnisciente y omnipotente que lo orquestó a través de cuarenta autores que, a pesar de haber vivido en diferentes tiempos y contextos, colaboraron escribiendo diferentes líneas de la misma partitura. Las escribieron en sus diferentes lenguajes y manifestando sus diferentes personalidades, pero bajo la autoridad e inspiración del mismo compositor.

¿Qué de los demás textos sagrados entonces? Ninguno de ellos se acerca al nivel de confiabilidad que tiene la Biblia. Considera el Corán. A diferencia de la Biblia que fue escrita a través de un periodo de 1,500 años, el Corán se escribió prácticamente en el mismo tiempo y en el mismo espacio; entre los años 610 y 632 d.C., entre las localidades de Meca y Medina, en la zona de arabia occidental. Por otro lado, a diferencia de la Biblia, el Corán fue articulado por una sola persona: Mahoma. Digo articulado y no escrito por el hecho de que Mahoma era analfabeto. El que compiló y escribió el Corán a partir de la revelación que Mahoma dijo tener fue Zayd ibn Thabit junto a una serie de escribas bajo la autoridad del primer califa, Abu Bakr Siddiq.

Siendo Mahoma su única fuente de información el Corán no tiene ninguna otra referencia. Eso es como que el autor de estás líneas dijera “Dios me dijo que todo aquel que lea estás letras debe darme todo el dinero que tiene en su cartera”. ¿Cómo puede el lector verificar o refutar lo que dice o demanda el autor? De ningún modo pues el autor no provee ninguna fuente alternativa de referencia que le permita al lector validar lo que se argumenta. Eso es exactamente lo que sucede con el Corán. Mahoma argumenta que el ángel Gabriel le dio una revelación, pero esa revelación no la recibió ninguna otra persona más que él. ¿Cómo se diferencia la revelación bíblica de la islámica? Entre otras cosas, la revelación bíblica se diferencia del Corán en que la misma fue dada a diferentes personas, en diferentes tiempos y en diferentes lugares de modo que se pudiese verificar sobre la base del nivel de correspondencia que existe entre lo que dicen los diferentes autores sobre una revelación en particular y cómo estás revelaciones se corresponden con la realidad en sentido general.

En la persona de Jesucristo, quien es la razón de ser de la Navidad que estamos celebrando, vemos un nivel de correspondencia perfecta entre lo que escribieron, por mencionar algunos autores, Moisés, David, Daniel, Miqueas y Zacarías sobre El Mesías. Lo vemos no nada más en la consistencia de la articulación de la profecía como tal, sino también en como la misma se cumple al pie de la letra según lo documentan Mateo, Marcos, Lucas y Juan en los cuatro evangelios y en el libro de Hechos. Es preciso decir, que los autores de los evangelios, el libro de Hechos y las epístolas del Nuevo Testamento no escribieron algo que les dijo un tercero, sino que ellos fueron testigos oculares de primera clase de aquello que plasmaron en palabras bajo la superintendencia del Espíritu Santo.

Entonces, más allá de la fe en sí, la veracidad de la Biblia como palabra de Dios puede ser evaluada usando los predichos hechos, criterios y contextos. Entiendo que, sobre la base de estos, toda persona honesta y objetiva reconocerá que la composición, congruencia y consistencia de la Biblia pone en evidencia el carácter sobrenatural de la misma. Sin embargo, el ejercicio de la fe en Jesucristo es imperativo para que el individuo vaya más allá de meramente reconocer el carácter sobrenatural de las Sagradas Escrituras, a entender, obedecer, experimentar y enseñar su revelación especial.

*Este texto es un extracto de "Emprende la gracia"

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