Michelangelo - Creation of Adam (cropped)

Toda creación tiene un creador. Eso es un hecho indudable y por todas partes observable. Si algo tiene un inicio y un diseño destinado para un fin específico, emana de una causa que operó de manera intencional para que se hiciera material. ¿O acaso una casa se construye a sí misma? Quizás en un cuento de fantasía, pero en la vida real surge a partir de la visión y la instrucción que los arquitectos e ingenieros plasman en los planos y comunican a los obreros en el campo de trabajo. Los obreros, por su parte, siguiendo las pautas del liderazgo, construyen la estructura residencial que una familia convertirá en su hogar. Lo mismo sucede con el automóvil, el teléfono, el televisor, la estufa y todo lo que se enchufa; se crea y opera según parámetros predeterminados por un originador.  

“¿Qué pasa, entonces, con lo que no se enchufa?”, preguntarás. “¿También se crea a partir de un diseño?” Ante la interrogante, reitero que todo lo creado se enchufa. “Pero los humanos no tenemos clavijas para enchufarnos a un tomacorriente”, dirás. Ciertamente, no tenemos clavijas, pero sí tenemos barrigas que necesitan ser nutridas día tras día, varias veces al día. Por tanto, en ese y muchos otros menesteres, nosotros los humanos, así como todo lo demás que ha sido creado, está o estuvo enchufado. ¿A qué? Bueno, por decir algo, al asado, al arroz con pollo guisado y a los huevos rancheros con tocino del bueno. Muy bien podrías decir, “pero yo no como carne pues soy vegetariano”. No importa; también eres un enchufado; en tu caso, a los frijoles, a las lentejas y a la deliciosa berenjena. Ni hablar de las frutas, ¡cómo las disfrutas! En especial el aguacate transformado en guacamole que te comes con tortilla chips en la casa de tu amigo Luis.

En suma, todo se enchufa, excepto el Creador del universo que es la fuente primaria de energía. Después, todo lo que consume energía, por definición, se sirve de esa fuente primaria o de las fuentes secundarias y terciarias que de ella emanan. Muy bien, pero “¿quién o qué creó a esa fuente primaria en primera instancia?”, preguntarás.  La respuesta simple a esta interrogante es que nadie ni nada la creó. Esa fuente primaria siempre ha existido como un ente totalmente independiente del cual todo lo demás depende. “¡Ajá!”, exclamarás y a preguntar proseguirás: “¿Pero no es cierto que todo efecto tiene una causa? Entonces, si eso es así, ¿cuál fue la causa de la fuente primaria? O, dicho de otra forma, ¿quién o qué creó al Creador?” Sí. Es cierto. Todo efecto tiene una causa. Sin embargo, la fuente primaria no fue creada. No es un efecto. Es, en cambio, una causa y como tal no necesita de una causa foránea para existir. Pues es, insisto, el Padre de todas las causas y, por consiguiente, el autor de todos los efectos que existen en el universo.

Consecuentemente, los efectos, entiéndase el universo y todo lo que en él se encuentra, debemos obedecer los mandamientos de la Causa que nos creó. Operando dentro de ese marco de obediencia a los mandatos de un Creador soberano es que la creación puede lograr materializar su pleno potencial. Al margen de la obediencia simplemente no podemos alcanzar la excelencia. Quizás logremos crear una apariencia de éxito en nuestras empresas. Pero al final, si vivimos en desobediencia, nuestras faltas serán expuestas y sufriremos la pena de nuestra condena. Podemos observar ese patrón en la naturaleza entera. Los cuerpos, por ejemplo, obedecen la ley de la gravedad, aun cuando no tienen conocimiento de la ley como tal. Violar esa ley, de hecho, pone en riesgo nuestro bienestar. De igual manera, respetándola nos posicionamos para desarrollar nuestras actividades exitosamente.

En lo que atañe a las leyes morales, cabe reafirmar que es la obediencia y no la simple creencia es la que nos capacita para vivir una vida de excelencia. Muchos dicen creer, pero su profesión de fe no se traduce en una posesión de fe que dé testimonio de que verdaderamente creen. Por tanto, no basta con decir que crees; es necesario que conduzcas tu vida en correspondencia con lo que dices creer. “¿Cómo se hace eso?”, preguntarás. Ya lo dije. No solo creyendo, sino también ¡obedeciendo! Entonces, podríamos decir que la creencia es la raíz mientras que la obediencia es el fruto que sale de esa raíz.

Siguiendo con esa analogía, es evidente que para que exista una raíz, primero debió haber existido una semilla. Asimismo, para que la semilla muriera y se convirtiera en raíz y la raíz en fruto, la misma debió haber caído en tierra fértil. Además, la semilla, para que germinara tuvo que haber sido expuesta al sol y nutrida con agua. Por tanto, para creer y obedecer debes, primero, recibir la palabra, la cual hace las veces de semilla. La palabra, a su vez, la debes recibir con un corazón y mente inquisitiva, humilde y enseñable. En ese estado, tu mente y corazón hacen la función de la tierra fértil y cultivable que produce frutos perdurables.

Finalmente, la palabra implantada debe ser meditada y estudiada por el que la recibe. Idealmente, el estudio debe ser llevado a cabo bajo la instrucción de un maestro, quien, por su experiencia, preparación e integridad, tenga la autoridad moral y la capacidad intelectual de propiciar frutos en la vida de su alumno. Dicho estudio, meditación e instrucción de la palabra equivaldría, en su conjunto, al sol y al agua que permiten que la semilla dé a luz a la obediencia que te permite vivir una vida plena.

Ahora bien, preguntarás, “¿cuáles son esas leyes o mandamientos en los cuales debo creer y fielmente obedecer?” Simple y llanamente, los mandamientos que el Creador estableció para el buen funcionamiento de su creación. ¿O acaso no tiene tu carro un manual? ¿O tu lavadora un set de instrucciones para que la sepas usar? Claro que lo tiene. Entonces, si nosotros como co-creadores establecemos reglas para la operación de lo que creamos, ¿no habrá establecido el que nos creó una serie de mandamientos para que llevemos a cabo con éxito nuestros emprendimientos en los diferentes terrenos de la vida bajo el cielo? Pues desde luego que sí.

La existencia de tales mandamientos constituye algo de carácter muy serio ya que ignorar los parámetros del diseño puede resultar en un producto maltrecho que atente contra la vida de las personas que viven bajo su techo. Por tal razón, las especificaciones para la construcción del fundamento de un edificio no figuran en un plano como elementos decorativos, sino como mandamientos a ser al pie de la letra obedecidos. No sea que cuando venga un ventarrón o tiemble la tierra, la obra construida se desvanezca y la gente que este dentro, de un momento a otro, fenezca.  

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