V&A - Raphael, St Paul Preaching in Athens (1515)

El apóstol Pablo fue apedreado, encarcelado, escarnecido y vituperado por predicar a Cristo crucificado. En el versículo dieciséis del primer capítulo del libro de Romanos, el perseguidor de los cristianos convertido en campeón de la Gran Comisión y autor de casi una tercera parte del Nuevo Testamento, establece que él no se avergüenza del evangelio “porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”. Esto lo puntualiza después de expresar su intención de ir a Roma a enseñar en la iglesia que había plantado en esa importante ciudad.

Roma era, sin dudas, la ciudad más importante del mundo en términos políticos y económicos en aquel entonces. Considerando las persecuciones de las cuales estaba siendo objeto y su insistencia de continuar en la gesta de predicar aun en lugares de gran notoriedad como la capital del Imperio Romano, Pablo se siente compelido a mencionar que no se avergüenza de su ejercicio evangelístico. Lo hace, quizás, con la intención de liderar con el ejemplo a los cristianos que tal vez no estaban predicando con la suficiente valentía por temor a las represalias que podían tomar contra ellos las autoridades de aquellos tiempos.  

Como modo de empoderar a la iglesia a pararse en la brecha y difundir la verdad sin pelos en la lengua, Pablo no solo plantea que él no se avergüenza del evangelio, sino que también ofrece la razón por la cual lo predica con denuedo y valentía ante un mundo perdido en vanagloria y lascivia. Y no ofrece cualquier justificación, sino la más contundente que puede existir al decir que es “porque es poder de Dios para salvación” que él no se abochorna ni amedrenta de proclamar la verdad de aquel que rompió las cadenas de su condena y a través de la gracia le otorgó una vida nueva.

¿Y qué es poder de Dios para salvación? Para contestar esa pregunta primero definamos lo que es poder. Según las ciencias físicas, poder es la frecuencia con la cual se realiza trabajo. Trabajo, en turno, equivale a la fuerza empleada a través de una distancia determinada. Considerando la naturaleza infinita del universo, inferimos que el poder del que lo creó es igualmente infinito.

De hecho, su poder es tal que al día de hoy la fuerza ejercida por Dios en el principio de la creación continúa en operación. Esto lo vemos en los movimientos celestiales, en la multiplicación de los seres de los mares, los terrenales y los vegetales. Lo contemplamos en la perpetuidad del patrón que el Creador sentó en el inicio. Una semana compuesta por siete días. Días, que, a su vez, están divididos en día y noche en un espacio de veinticuatro horas cada uno.

Ese es el poder que emana del Supremo Ser. En lo que respecta al evangelio en sí, ese poder se ejerce para salvar “a todo aquel que cree” en Jesucristo como Señor y Salvador.  Y cabe señalar que esa aplicación del poder de Dios es la más trascendental en la historia de la humanidad pues con ella Dios se hizo hombre y venció a la muerte y al pecado para beneficio de nosotros que estábamos condenados.

Esto lo puntualiza Pablo en el versículo tres del capítulo ocho de Romanos cuando dice que “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”. Por eso es que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.

Empoderado y envalentonado con esa verdad, Pablo procede con confianza en el cumplimiento de las ordenanzas de aquel que lo salvó de las garras de la ley por su gracia. Por tanto, nosotros, como seguidores de Cristo, debemos hacer lo propio aun en medio del oprobio del cual somos objeto en estos tiempos post-modernos. Tengamos en mente que, si persiguieron a Cristo y a los apóstoles, nos perseguirán a nosotros que, por gracia, no por mérito, caminamos en pos de la verdad y de la santidad con miras a pasar la eternidad en su presencia más allá de nuestra estadía pasajera en esta tierra.

Después de considerar todo esto replanteo las preguntas que el apóstol Pablo formuló concluyendo el capítulo ocho de Romanos:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?”

Finalizo este escrito citando lo que dice el apóstol en los últimos cuatro versículos:

“Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.