Joe Biden (49536511763)

Un veneno avanza con sigilo hacia la casa de gobierno de los EE. UU. Es el veneno del socialismo del tipo que frenó el progreso en la patria de Martí y que hoy tiene a la tierra de Bolívar como un barco a la deriva.

Como hemos visto a través de la historia, este veneno suele disfrazarse de medicamento, prometiéndole al pueblo que los librará de todo el supuesto mal que le han causado los que poseen capital. Ellos dicen que cuando lleguen al poder crearán un sistema donde la igualdad será su obra cimera. Como dijo Marx, redistribuirán la riqueza, dándole a cada uno “de acuerdo a su necesidad” y exigiendo de cada quien “de acuerdo a su habilidad”.

Esta tesis disfrazada de moral, en la práctica ha probado ser no solo un fracaso total, sino también una estocada mortal a la libertad individual. En su nombre hombres como Joseph Stalin, Mao Tse-Tung, Fidel Castro y Hugo Chávez persiguieron, silenciaron, robaron y mataron a millones de sus conciudadanos para implementar un sistema que, a fin de cuentas, dejó a sus respectivas naciones sumidas en la paupérrima pobreza.

Bajo la bandera de la moral, los susodichos cometieron inefable atrocidad buscando establecer la equidad material en la sociedad cuando lo que verdaderamente importa no es la igualdad económica en sentido general, sino el bienestar integral a nivel particular. ¿O acaso le hace daño un multimillonario a un trabajador que se gana treinta o cuarenta mil dólares al año? De ninguna manera. Todo lo contrario, el multimillonario probablemente es el que genera el empleo de tal trabajador que labora día tras día para ganarse la vida.

Ahora, cuando el Estado lleva a cabo una gesta social para igualar el salario del empresario y del trabajador, destruye, en esa quijotesca labor, el motor de la economía que opera con el “laissez-faire” como gasolina. ¿Y qué es el “laissez-faire”? La frase, traducida al español, significa simplemente “dejar hacer”. De hecho, en su libro “La riqueza de las naciones”, el padre de la economía moderna, Adam Smith, usa el “laissez-faire” como sinónimo de la mano invisible que dirige el comportamiento de las fuerzas de oferta y de demanda. Esas fuerzas, en turno, operan sobre las ruedas del afán de lucro que resulta, a fin de cuentas, en la producción de riqueza, de bienes, de servicios y de herramientas que, en principio, mejoran la calidad de vida de la sociedad entera.

En su obra maestra, Adam Smith explica este fenómeno diciendo que no es por la benevolencia del cervecero ni del carnicero ni del panadero que podemos contar con nuestra cena. Es, en cambio, por el interés particular de cada uno. En otras palabras, el cervecero, el carnicero y el panadero sirven cerveza, cortan carne y hacen pan no pensando en el mejor interés de Juan el hijo del Mariscal. Lo hacen, en cambio, pensando en su propio interés y en el de sus hijos Francisco, Jean Pierre y Carlos Andrés. No obstante, Juan el hijo del Mariscal se beneficia de la labor de cada cual en el sentido de que cada vez que va a la cervecería, a la carnicería y a la panadería encuentra provisión para alimentar su barriga y alegrar su vida.

Por otro lado, la historia demuestra de manera contundente, que bajo gobiernos comunistas Juan pasaría hambre y sería fusilado si se atreve a protestar por la escasez de carne. ¿Y qué provocaría la escasez no solo de carne, sino también de cerveza y del pan que no debe faltar en la mesa? Nada más y nada menos que el sistema comunista que llevaría al cervecero, al carnicero y al panadero a laborar no de acuerdo a su propio interés, sino de acuerdo a las directrices de un régimen que después de depositar en las barrigas de los camaradas de la carne las mejores tajadas y del pan las mejores rebanadas, redistribuye esos bienes a razón de migajas en las barrigas estrujadas de la gente enajenada por el dominio de una idea errada.

Lamentablemente, a pesar de su récord de incuestionables fracasos, el socialismo resurge de manera sistemática para llenar el vacío de una generación que entiende que el éxito es un derecho que debe ser garantizado sustrayendo los bienes de aquellos que lo han logrado en base a su esfuerzo y a los esfuerzos de los que lo engendraron.

Para sorpresa de muchos, en este momento histórico, el socialismo ha resurgido con fuerza en el lugar donde la democracia y la libre empresa han logrado sus mayores proezas. Allá en la tierra de Carnegie y de Rockefeller, de Edison y de Ford, de Gates y de Jobs, de Bezos y de Buffet, de Winfrey y de Musk, se habla de agrandar el Estado y achicar el mercado a través de políticas socialistas que llevan más de cien años fracasando.

¿Y cómo es que ese veneno puede penetrar en el corazón de la oficina oval? A través de Joseph Biden si este sale electo presidente del país cuyo sistema capitalista todo el mundo admira, aunque pocos hoy día lo verbalizan. De hecho, los que con sus acciones dicen que lo admiran porque a ese país emigran, con sus palabras lo critican para ser populares en una cultura mediática de élites radicales. Hispanos, europeos, orientales y gentes provenientes de todos los puntos cardinales hacen fila para entrar a EE. UU. con el objeto de mejorar sus vidas. Irónicamente cuando entran se doblegan ante ideas que buscan destruir el sistema por el cual ellos, en principio, decidieron emigrar a la tierra de Abraham Lincoln.

Esas ideas son las de socialistas como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. Ellos son los jinetes que manejan a Joseph Biden cual si fuera una ficha de ajedrez. A veces parece que en el tablero político-ideológico lo tienen moviéndose como el caballo, en la forma de “L” de Leningrado. Según las estadísticas, en noviembre ese caballo, respaldado por la reina Ocasio, le hará jaque mate al rey cuya corona tiene en la cima una “T” y en su aro inscrito el mensaje “Make America Great Again”. 

En la mente de Sanders, de Ocasio y de sus correligionarios, entre los cuales están Antifa, Black Lives Matter y la Nación del Islam de Louis Farrakhan, la guerra contra el capitalismo está ganada. Tienen a la puerta de la Casa Blanca a Biden quien funge como el caballo de Troya que lleva en su vientre la ponzoña que causaría la muerte de quien en vida fuere la economía capitalista estadounidense.

Pero eso es en su mente. En el tablero vemos al presidente Trump con una estructura defensiva de acero emparejada con una formidable estrategia ofensiva que neutralizaría la amenaza socialista si en noviembre se levanta el pueblo y vota a favor del “laissez-faire”, del “déjame emprender”, de menos Estado y de más mercado. Esto con el objeto de proseguir con los proyectos que en nuestros pechos albergamos, en nuestros cerebros divisamos y con nuestras manos materializamos sin el que el Estado nos diga qué, cómo, cuándo ni cuánto.

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