2da EDICIÓN DE EMPRENDE DINÁMICA

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Tillerson sworn in

Según reporta Dexter Filkins de la revista The New Yorker, en febrero de este año el canciller estadounidense Rex Tillerson se presentó a la oficina oval para proponerle al presidente Donald Trump nombrar a una persona en particular al puesto de vice-canciller. El presidente Trump soslayó el motivo de la visita de Tillerson y procedió a quejarse sobre la ley federal conocida como el Acta de Prácticas Corruptas en el Extranjero o FCPA por sus siglas en inglés.

Dicha ley prohíbe que compañías estadounidenses sobornen a cualquier persona o entidad a medida que desarrollan sus actividades en tierras foráneas. Esto, según lo que le manifestó Trump a Tillerson, representa una desventaja injusta a los empresarios de su país que hacen negocios a nivel global. Ante tal argumento el canciller le relató al presidente los particulares de una reunión que tuvo con oficiales del gobierno yemení con el objeto de cerrar una negociación cuando fungía como CEO de Exxon.

En la reunión el ministro de petróleo de Yemen le entregó a Tillerson su tarjeta de presentación. En la parte de atrás de la tarjeta estaba escrito el número de cuenta de un banco suizo. Al Tillerson percatarse de ello, hizo contacto visual con el ministro quien le dijo, al instante, “cinco millones de dólares”. De inmediato, Tillerson replicó, sin vacilación, “yo no hago eso”. “Exxon no hace eso”. La única manera en que Tillerson estaba dispuesto a proceder con la negociación con los yemeníes era si ellos hacían todo con verticalidad y honestidad al margen de sobornos y demás trastornos propios de un sistema corrupto y clientelar.

Ante la inflexibilidad de Tillerson, el negocio no se dio en el momento. Sin embargo, un mes después los yemeníes lo llamaron para concretar el acuerdo sin necesidad de que Exxon erogara sobornos. “Entonces, señor presidente”, le dijo Tillerson a Trump, “Estados Unidos no necesita pagar sobornos. En cambio, sí podemos elevar al resto del mundo a los estándares éticos y morales que son de carácter innegociable”.

Si tan solo Latinoamérica se dejara elevar a esos estándares otro sería nuestro nivel de desarrollo y nuestra capacidad de superar escollos. Considerando la riqueza natural que tenemos en nuestras tierras, una cultura moral y ética en la política y en los negocios potenciaría a nuestras economías a eslabones superiores en el proceso de industrialización y generación de valores. Cosa que convertiría al pobre en un ente solvente a medida que este le agrega valor al insumo y lo trasforma en producto sofisticado y exportable a mercados con alta capacidad de consumo.

Pero no. Los políticos y empresarios de Latinoamérica prefieren hacer negocios con moluscos morales como Odebrecht. Con agentes que engrasan las coyunturas de la maquinaria política-clientelar que tiene al Estado en sobrepeso y al pobre sin un peso. Sin un peso que se pueda ganar y multiplicar honestamente a través de la educación, sudando con el sudor de su frente y sin tener que depender de la veleidad del político que tiene de frente en el palacio, senado o cámara de diputados.

Mientras tanto, países como Japón, Taiwán, Singapur y Corea del Sur, con mucho menos riquezas naturales que nuestros países en el Caribe, Centro y Sur América, reciben más inversión extranjera directa de Estados Unidos que cualquier nación en nuestra región. Esto a pesar de que estamos geográficamente más cerca de aquella potencia. Mas, parece que al mismo tiempo estamos a años luz de ella no solo en términos de capacidad industrial, sino, más importante aún, en lo que respecta a integridad ética y moral a nivel político-empresarial.

Al decir esto no desestimo la realidad evidente que la médula moral estadounidense tiene un cáncer que en muchas áreas de la sociedad ha hecho una metástasis descomunal. De hecho, el juicio moral del presidente Trump a veces preocupa. También el de Hillary Clinton hubiese sido objeto de preocupación si ella hubiese salido electa presidenta. Pero lo que existe en Estados Unidos y otras naciones desarrolladas de Asia y de Occidente es un sistema de pesos y contrapesos; una estructura de ejemplo, estímulo y escarmiento amalgamada con una cultura de decirle la verdad al poder aun cuando a final de cuentas ello conlleve perder.

Así procedió Rex Tillerson ante el gobierno yemení. Así lo hizo ante su jefe, el presidente estadounidense. Así lo debemos hacer en Latinoamérica si queremos honrar a los héroes y heroínas de las generaciones ausentes y garantizar un mejor porvenir para las generaciones tanto vigentes como emergentes.

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