2da EDICIÓN DE EMPRENDE DINÁMICA

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deming 1986

William Edwards Deming, extinto asesor empresarial y uno de los gestores del renacimiento industrial japonés, puntualiza en su libro “Saliendo de la crisis” que el que se prepara para lo peor es al que le va mejor. Al que se acomoda, en cambio, le sucede cual camarón que se duerme y se lo lleva la corriente. Deming valida esta tesis señalando, entre otras cosas, el hecho de que los cuerpos de bomberos que entrenan más rigurosamente para responder a escenarios catastróficos e improbables son los que exhiben el mejor desempeño en su labor de cuidar a la población.

 

No obstante, usualmente las críticas no se hacen esperar ante el afán que muestra un individuo, nación u organización al prepararse para una crisis poco probable. Es por eso que el líder que desarrolla planes de contingencia no puede ser un esclavo de la popularidad ni de las vanas apariencias, sino tener un compromiso inflexible con el más alto estándar de excelencia al tiempo que se conduce con el mayor grado de prudencia.  

A veces, de hecho, debemos emular al director de orquesta que dándole la espalda a la audiencia ejecuta su labor hilvanando multitud de partes individuales para conformar un todo que opere en beneficio de todos. Esto, aun cuando no todos favorezcan las altas exigencias del estándar de excelencia que tiene como meta producir sobresalientemente y actuar exitosamente ante catástrofes y amenazas inminentes.  

Consideremos los 600 mil millones de dólares al año que Estados Unidos invierte en defensa militar. Muchos miembros de la sociedad a nivel mundial critican fuertemente al gobierno estadounidense por ese nivel de gasto en armamentos bélicos. Los críticos consideran inaceptable que más de un 50% del presupuesto discrecional de la nación se consuma en una inversión que es, en sí misma, poco rentable y, según su entender, vituperable por la amenaza que la misma representa para la humanidad.

Si bien los beneficios medibles de la inversión en defensa militar puede que sean pocos o ningunos en el corto plazo, aquellos que escapan los parámetros de medición y redundan en el bienestar societario a largo plazo son muchos y repercuten positivamente en casi todas las esferas de la sociedad. Por un lado, está el elemento de percepción de que se vive en una nación segura y capaz de disuadir, amedrentar, contener y enfrentar al enemigo de manera tal que el mismo fracase grotescamente en su gesta por vejar a los ciudadanos que viven dentro y fuera del territorio nacional.

Dicha percepción trasciende el dominio militar e impacta significativamente la dinámica económica. Esto debido a que en un ambiente seguro y estable la gente está más dispuesta a asumir riesgos para perseguir éxitos. Naturalmente, en un ambiente inseguro e impredecible el público general no tendría el mismo entusiasmo y arrojo para emprender y sus sueños realidad hacer.

A pesar de estas y otras realidades que justifican la inversión en defensa militar, los beneficios que se generan a partir de la misma no son reconocidos por los críticos simplemente porque tales beneficios no se pueden medir en el corto plazo. Los que hacen esa valoración cometen un gran error. Parecen descartar sumariamente la realidad irrefutable que no todo lo importante es medible y no todo lo medible es importante.

Por otro lado, está el denominado “spillover effect” o efecto de derrame que tiene la inversión en defensa militar, especialmente en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Innumerables las innovaciones tecnológicas que han surgido de la industria de defensa militar. Cosas tales como la internet, el satélite y la cápsula endoscópica tuvieron su origen en los programas de defensa de Estados Unidos, la Unión Soviética e Israel respectivamente.

Las naciones de Latinoamérica son privilegiadas en el sentido que no han tenido que enfrentar situaciones bélicas de la magnitud de las enfrentaron a lo largo del siglo XX la mayoría de países europeos, Israel, Estados Unidos, Corea del Sur, Japón, Vietnam, entre muchos otros Estados que han logrado un loable nivel de desarrollo a lo largo y ancho del globo. Sin embargo, la ausencia de guerras de la dimensión de la Primera y Segunda Guerra Mundial, ni la relativamente baja amenaza de un ataque terrorista en la actualidad, han redundado en un mejor desempeño socioeconómico para México, el Caribe, Centro y Suramérica en comparación con países desarrollados del sudeste asiático, por mencionar un caso.

Cabe señalar que muchos de los países desarrollados que superan a los latinoamericanos en sentido general, no solo han logrado sobresalir en medio de conflictos bélicos y amenazas terroristas inminentes, sino que también han podido avanzar sin las sobreabundantes riquezas naturales que pululan en países como Venezuela, Argentina, México y Brasil.

Israel, Japón y Corea del Sur, por ejemplo, no tienen el caudal de commodities que países latinoamericanos como los antes mencionados tienen en su haber. A pesar de esa realidad, han alcanzado un nivel de desarrollo que no existe en Latinoamérica. Esto, en cierto grado, porque la falta de riqueza natural exportable y monetizable, compelió a países como Corea del Sur a cultivar su mayor riqueza: la capacidad de agregar y generar valor que tienen sus ciudadanos. Dicho de otra forma, la escasez en materia de recursos naturales los llevó a producir la riqueza de la disciplina, la creatividad y fortaleza institucional. Riquezas, que a diferencia de algunos de los commodities que abundan en Latinoamérica, son renovables y no añaden explotación laboral y contaminación medioambiental a medida que se cosechan y se mercadean.

En lo que respecta al ser humano como tal, podríamos argumentar que la vida del individuo cambia más significativamente cuando este se enfrenta a situaciones de emergencia. Enfermedad, crisis financiera, soledad, guerra. Estas son cosas que afectan la mente y el corazón de la persona de forma extraordinaria. Mucho más que la salud, la riqueza, el compañerismo o la paz, en cierto sentido. Sin embargo, es en tiempo de salud, riqueza, compañerismo y paz que uno se debe preparar para el tiempo de enfermedad, crisis financiera, soledad y guerra.

En síntesis, tomando en cuenta este breve análisis desarrollado a partir de la observación hecha por William Edwards Deming, inferimos que preparándonos para lo peor podemos vivir mejor. Y cuando, en efecto, se materializa lo peor, si nos coge preparados, es probable que le pongamos fin más temprano que tarde y terminemos mejor de como estábamos cuando se presentó lo peor para retarnos. 

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